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Capacitación no es facilitación. El camino que falta hacia el aprendizaje real.

  • Foto del escritor: Parmonia
    Parmonia
  • 14 jul
  • 4 min de lectura

Empezamos como empieza casi todo el mundo: con las capacitaciones obligatorias por ley. Una persona al frente, un grupo escuchando, y una lista de asistencia que había que firmar, independientemente de si era realmente necesaria, relevante o aplicada. Cumplía su función. Pero nada más que eso.

 

Con más años en el camino, nos dimos cuenta de que había que ir más allá de lo que establecía la norma. El problema no era cuánto contenido dábamos, sino que seguíamos metiendo ese contenido nuevo en el mismo molde de siempre.

Y ahí empezó a molestar algo.

Lo que nos hizo cambiar (además de la experiencia acumulada) fue la curiosidad: esas ganas de preguntarnos por qué, si estábamos cumpliendo con todo lo que se pedía, algo seguía sin cerrar, sin que se sintiera que estábamos creando impacto. La curiosidad fue la que nos empujó a mirar el diseño de la experiencia, no el contenido.

 

De la curiosidad al nombre que no teníamos


Con esa pregunta dando vueltas, nos pusimos a rediseñar. Materiales más directos, más simples, más aplicables al día a día. Fuimos a buscar cómo funciona realmente el cerebro a la hora de aprender, y volvimos a rescatar herramientas que ya conocíamos y habíamos dejado dormidas, como la PNL, el coaching organizacional, las neurociencias y las ciencias del comportamiento.

En el medio, sin darnos cuenta, estábamos armando algo que todavía no sabíamos nombrar: facilitación.

 

Hubo un caso hace varios años que nos marcó el quiebre. Trabajamos seis meses con un equipo y una organización, y al cierre el feedback fue crudo: no hubo implementación real, no hubo aprendizaje, porque nada de lo que armamos conectó con lo que esas personas vivían en su día a día concreto.


Faltaba también contexto actual.


Volvimos a diseñar casi todo desde cero. La teoría bajó a un 10%. El resto fue trabajo sobre sus propios problemas (administración, comercial, logística y postventa) construido con lo que ellos mismos nos dijeron que necesitaban aprender, validado con sus jefes y recién ahí, puesto en marcha.

Lo que se habilitó ahí fue distinto de raíz. La gente diseñó sus propias soluciones a fricciones que eran suyas: problemas de comunicación entre áreas, expectativas que no cerraban con marketing, tensión entre clientes y la organización. Las probaron ellos mismos. Se equivocaron, ajustaron y lo sintieron en el cuerpo (frustración, algún logro chico, momentos de "esto sí se puede"). Y fue justo ahí donde pasó el aprendizaje de verdad.

 

Ese caso nos hizo ver que había un tercer concepto dando vueltas, uno que casi nadie nombra: el aprendizaje. La capacitación se entrega. La facilitación se diseña. El aprendizaje solo se hace posible. Nadie lo agenda ni lo apura en un cronograma. Aparece como curiosidad, como esa chispa en la que alguien conecta una idea nueva con lo suyo, y ninguna diapositiva logra que eso pase por orden. Y el contexto tiene mucha influencia en ello.

 

Cuando después conocimos a referentes locales e internacionales que ya le habían puesto nombre a lo que veníamos haciendo, confirmamos algo que ya sentíamos en la práctica: la facilitación es experiencial, se vive y deja resultados distintos de raíz que una charla con espacio para preguntas al final. Es comprender y luego habilitar qué formato funciona mejor de acuerdo al contexto.

 

Por qué esto cambió cómo trabajamos la transformación


La misma curiosidad que nos sacó de la capacitación tradicional fue la que, con el tiempo, nos hizo mirar distinto los procesos de transformación. Porque el patrón habitual ahí es parecido: una sesión de aprendizaje única, generalmente al final del proyecto, como un debrief disfrazado de desarrollo. Y a nosotros esa lógica nos volvía a resultar incómoda, por la misma razón de siempre, el momento no acompañaba al proceso real de cambio.

Entonces dejamos de esperar al final. Empezamos a meternos en distintos puntos del recorrido, facilitando de manera continua, en contextos que seguían moviéndose mientras trabajábamos en ellos.

 

Nos asociamos con clientes en el codiseño y la co-implementación de procesos de transformación de hasta tres años. Y los resultados hablan solos: incluso en contextos complicados, la gente entendió que su rol y su puesto son dos cosas distintas, y aprendió cuándo moverse entre uno y otro según lo pedía cada momento. El sentido de pertenencia se potenció (en calidad). El desempeño mejoró (en calidad, no solo en los números) y los resultados, con ellos.

 

En números concretos, esto se traduce en un encuentro de facilitación cada una o dos semanas. Lo suficientemente seguido como para seguir pegado a lo que el equipo está viviendo ese mes, y lo suficientemente espaciado como para que puedan probar algo entre encuentro y encuentro y volver con resultados reales. Cada encuentro arranca revisando lo que pasó desde el anterior: qué probaron, qué no funcionó, qué los sorprendió. Una retrospectiva. Luego de ahí sale el siguiente paso.

 

Contexto - customización - congruencia.


Momentos de aprendizaje en facilitaciones
Momentos de aprendizaje en facilitaciones

 

Los clientes sienten la fricción bajar porque sus problemas reales se trabajan ahí mismo, en el día y la realidad. Para el tercer o cuarto encuentro ya se nota el cambio en cómo el equipo habla de sus propios traspiés, cómo se vinculan y ese cambio empieza a traducirse en decisiones y soluciones basadas en aprendizaje real. El feedback se da en el momento, sin demoras, siempre bajo la misma regla: constructivo y con respeto.

 

La apuesta que hacemos

 

Esto no es una preferencia por un estilo de capacitación sobre otro. Es una postura sobre qué es lo que realmente transforma una organización: no una sesión a la que la gente asiste, sino una experiencia que atraviesa, una y otra vez, en los momentos en que el cambio está pasando de verdad, cada una diferente de la otra.

 

Nosotros podemos diseñar la capacitación. Podemos diseñar la facilitación. Pero el aprendizaje solo pasa cuando la persona que tenemos enfrente hace el trabajo: prueba, se equivoca, ajusta, lo vuelve a intentar. Alrededor de eso armamos nuestra práctica, que esas condiciones estén siempre, en cada momento, y no una sola vez, al final como algo más que tachar de una lista, de una obligación.

 

Esa es la apuesta que hicimos. Y por eso embebemos la facilitación adentro de cada proceso de transformación y acompañamos a que pase a ser parte del ADN de la organización, y de su cultura, en lugar de dejar la capacitación como algo exclusivamente una responsabilidad Recursos Humanos.

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