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Sistema vivo: una mirada diferente sobre la comunicación (organizacional)

  • Foto del escritor: Parmonia
    Parmonia
  • 7 may
  • 5 Min. de lectura

Hay un tema del que se habla mucho y se comprende poco. Se habla de canales, de herramientas, de frecuencia, de formatos. Se habla de mensajes claros, de comunicación asertiva, de feedback efectivo. Se generan protocolos, manuales de estilo, guías de tono, y, sin embargo, en la mayoría de las organizaciones, la comunicación sigue siendo una fuente permanente de fricción, malentendidos y distancia.


¿Por qué? Porque casi nunca se habla de su esencia, de por qué existe y de su ontología.

Esa es la conversación que queremos abrir hoy.


Las preguntas que más escuchamos

A lo largo de años trabajando con organizaciones de distintos países, culturas e industrias, hay tres preguntas que se repiten con llamativa constancia:

¿Cómo podemos definir la comunicación dentro de nuestra organización? ¿Cómo sabemos si es exitosa? ¿Cómo logramos que sea consistente y estandarizada?

Son preguntas legítimas. Nacen de una necesidad real: reducir el ruido, alinear equipos, construir cultura. Todas contienen una premisa que, desde nuestra experiencia, vale la pena cuestionar: la idea de que la comunicación puede —y debe— estandarizarse.

Nuestra respuesta, después de años de aprendizaje desde la vivencia, es clara: la comunicación, en su esencia, no puede estandarizarse. Puede comprenderse. Y desde esa comprensión, puede mejorarse.


Comunicación e información: una distinción que importa

Antes de ir más lejos, hay una distinción que pocas veces se hace explícita y que cambia todo: comunicar no es lo mismo que informar.

Informar es transmitir un dato, un hecho, una instrucción. Es unidireccional. Puede ser eficiente, preciso, estandarizado. Un correo con los resultados del trimestre informa. Un manual de procesos informa. Una notificación informa.

Comunicar, en cambio, es crear un espacio de sentido compartido entre dos o más personas. Requiere intención, contexto, escucha y un tipo de presencia que no puede automatizarse ni codificarse en una plantilla. La comunicación genuina siempre involucra a seres humanos completos —con su historia, sus valores, sus emociones y su cultura— y por eso es, por definición, múltiple y no replicable.

Cuando las organizaciones confunden información con comunicación, construyen sistemas muy eficientes para transmitir datos y muy ineficaces para generar comprensión, confianza y acción compartida.


La comunicación como sistema vivo

Desde Parmonia comprendemos y aplicamos la comunicación como un sistema vivo: algo que evoluciona, se adapta y se transforma a medida que cambian las personas, los equipos y los contextos que lo habitan.

No es un proceso lineal. No tiene un punto de llegada. Y no existe de manera independiente de quienes la ejercen.

La comunicación se vincula directamente con los valores de cada persona, con su identidad y con su cultura. Por eso impacta —y es impactada— por el contexto en el que ocurre. Entender eso no es un detalle menor: es la base.

No se trata solo de adaptar el mensaje según el canal o el receptor. Se trata de comprender la comunicación en su intensidad y en su esencia, para a partir de allí definirla, implementarla y mejorarla con honestidad, transparencia, la emocionalidad adecuada y el respeto necesario.

Además, existe una variable que casi siempre se subestima: el tiempo.

¿Cuántas veces hemos escuchado —o vivido— situaciones donde el mensaje era correcto, la intención era genuina, pero el momento era equivocado? "No es el timing correcto." "Lo hiciste a destiempo." "Cuidado con el tono." 

El timing y el tono no son detalles de forma. Son parte constitutiva del acto de comunicar. Un mensaje bien construido en el momento incorrecto no comunica: interrumpe, desorienta o, peor, daña.


Lo que un cambio de liderazgo nos enseñó sobre el vínculo

Hace algunos años acompañamos a una organización en pleno crecimiento. La empresa había invertido en una estrategia de comunicación interna robusta: plataformas digitales, reuniones all-hands, canales de feedback. Todo estaba, técnicamente, en orden.

Sin embargo, los equipos se sentían desinformados. Falta conexión, intereses y sentido.

Cuando nos sentamos a escuchar —a los líderes, a los equipos intermedios, a las personas en los distintos niveles— encontramos algo que los canales no podían mostrar: el vínculo entre el liderazgo y los equipos había sido profundo, construido durante años de confianza real. Desde el liderazgo, aunque capaz y bien intencionado, estaba comunicando desde un lugar transaccional, sin apalancar lo que se había construido en relaciones y confianza.

El problema no era la comunicación. Era la falta de conocimiento del tipo de vínculo construido con el cual se utilizaba para todo tipo de comunicaciones.

Esa experiencia nos confirmó algo que guía nuestro trabajo hasta hoy: el tipo de vínculo determina el tipo de comunicación posible.


Los tres tipos de vínculo comunicacional

En el ámbito organizacional, identificamos tres tipos de vínculo desde los cuales se construye —o se intenta construir— comunicación:

Vínculo transaccional. La comunicación es superficial e instrumental. Se intercambia información necesaria para completar tareas. No hay intención de construir contexto ni confianza. Es eficiente en el corto plazo, y frágil: ante cualquier tensión o incertidumbre, se rompe con facilidad.

Vínculo personal. La comunicación tiene sentido y dirección. Se busca la confianza, se reconoce al otro como persona y no solo como rol. Hay escucha real. Este tipo de vínculo permite atravesar momentos de dificultad con mayor cohesión.

Vínculo profundo. La comunicación es con propósito. Está basada en una confianza construida con el tiempo, en el conocimiento mutuo y en el compromiso con algo mayor que las tareas individuales. Desde aquí, lo que se comunica tiene peso, resonancia y capacidad de transformar.

Ninguno de estos vínculos es "correcto o incorrecto". Sí es importante que cada organización, equipo y líder sepa desde qué tipo de vínculo está comunicando hoy —y desde cuál quiere comunicar.


La responsabilidad de quien comunica desde un lugar de liderazgo

Hay una asimetría que no puede ignorarse: en las organizaciones, no todos comunican desde el mismo lugar de influencia.

Quienes lideran —equipos, áreas, organizaciones enteras— tienen una responsabilidad particular. Su comunicación no solo transmite información: construye o destruye cultura, habilita o cierra conversaciones, genera seguridad o incertidumbre. A veces con una sola frase. A veces con un silencio.

Por eso, cuando hablamos de mejorar la comunicación organizacional, empezamos por el mismo lugar: ¿desde qué vínculo, desde qué valores y desde qué comprensión de sí mismo está comunicando quien lidera?

La comunicación de un equipo es, en buena medida, el reflejo de la comunicación de quien lo conduce.


Entonces, ¿cómo se "estandariza"?

Volvemos a la pregunta original con una perspectiva diferente.

No se estandariza el acto de comunicar —porque ese acto es humano, contextual e irrepetible. Lo que sí se puede construir son acuerdos: marcos compartidos sobre cómo queremos comunicarnos, qué valoramos en nuestra forma de relacionarnos, qué tipo de vínculos queremos cultivar como organización.

Esos acuerdos no se decretan. Se construyen desde la vivencia, con honestidad y transparencia, con la emocionalidad adecuada, con respeto y con el tiempo que cada proceso genuino requiere.


Desde Parmonia, acompañamos ese proceso integrando todas las variables del sistema —cultura, identidad, vínculos, contexto, liderazgo— para que la comunicación no sea solo eficiente, sino sustentable y verdadera.


¿Cómo estás entendiendo hoy la comunicación en tu organización? ¿Es principalmente un sistema de transmisión de información, o es un espacio donde se construyen sentido, confianza y propósito compartido?


La respuesta a esa pregunta dice mucho sobre el tipo de organización que están construyendo —y sobre el tipo de vínculo que están eligiendo.



 
 
 

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